Capitulo 10




Don Fernando, de la gran casa de Meira, se paseaba una noche, dos meses después del suceso que acabamos de referir, por el vasto salón feudal de su casa solariega. Alguien hubiera echado menos en aquel instante la artística lámpara de bronce, en consonancia con la majestuosa amplitud de la cuadra, o los primorosos candelabros de plata de un período más reciente; porque el pavimento no estaba llano, liso y extendido como en los siglos anteriores; ofrecía aquí y allá algunos agujeros, que aunque labrados por la planta nobilísima de los señores de Meira, y en este supuesto muy dignos de veneración, no dejaban de ser enemigos declarados de la integridad y salud de todas las piernas, lo mismo hidalgas que plebeyas. Pero D. Fernando los conocía muy bien, y los evitaba sin verlos, caminando con paso rápido de un cabo a otro de la estancia, en medio de las tinieblas.

Sus pasos retumbaban huecos y profundos en el vetusto caserón; mas los ratones, habituados desde muy antiguo a escucharlos, no mostraban temor alguno y persistían tranquilamente en su obra devastadora, rompiendo el silencio de la noche con un leve y continuado crugido; los murciélagos, con menos temor aún, volaban en danza fantástica sobre la cabeza del anciano con sordo y medroso zumbido.

En aquel momento, D. Fernando se hubiera metamorfoseado de buena gana en ratón, y acaso acaso, en murciélago. Por muy triste que fuese roer en la madera sepultado en un tétrico agujero, o yacer aletargado durante el día sobre la cornisa de una puerta, para volar únicamente en las lúgubres horas de la noche, ¿lo era menos, por ventura, verse privado de salir a la luz del sol y caminar al aire libre después de conocer las dulzuras de uno y otro? Pues esto, ni más ni menos, era lo que le acaecía al noble vástago de la casa de Meira, hacía ya cerca de un mes. ¿Y todo por qué? Por una cosa tan sencilla y corriente, como no tener camisa.

Hacía ya bastante tiempo que D. Fernando sólo tenía una; pero con ella se daba traza para ir tirando; cuando estaba sucia la lavaba con sus propias manos, y la tendía en un patinejo que había detrás de la casa, y después que se secaba, bien aplanchada con las manos, se la ponía. Mas sucedió que una mañana, estando la camisa tendida al sol, y el señor de Meira esperando en su mansión que se secase, acertó a entrar en el patio, por una de sus múltiples brechas, el asno de un vecino; el señor de Meira le vio acercarse a la camisa, sin sospechar nada malo; le vio llegar el hocico a ella, y todavía no comprendió sus planes; sólo al contemplarla entre los dientes del pollino se hizo cargo de su imprevisión, y sintió el corazón desgarrado; y la camisa también. Desde entonces D. Fernando no puso más los pies en la calle a las horas del día; repugnaba mucho, y no sin razón, a sus altos sentimientos feudales, presentarse sin una prenda tan indispensable ante los hijos de aquellos antiguos villanos, sobre quienes sus antepasados ejercían el derecho de pernada y otros privilegios tan despóticos, aunque menos ominosos.

Entre los hijos de aquellos villanos corría como muy cierta la voz de que D. Fernando estaba pasando «las de Caín.» Y aunque el hambre se cernía como águila rapaz sobre la cabeza de casi todos los vecinos de Rodillero, no faltaban corazones compasivos que procuraban socorrer al noble caballero sin ofender su extraordinaria y delicadísima susceptibilidad. El que más se distinguía en esta generosa tarea era nuestro José, el cual apelaba a mil ardides y embustes para obligar al señor de Meira a que aceptase sus auxilios: unas veces le venía hablando de una deuda antigua que su madre tenía con la casa de Meira; otras muchas le mandaba pescado de regalo; otras, llevando las viandas en un cesto, se iba a cenar con él en grata compañía. D. Fernando, que conocía la precaria situación del marinero, rechazaba con heroísmo aquellos tan apetecidos socorros, y sólo después de largo pugilato, lograba José que los aceptase, volviendo la cabeza para no ver las lágrimas de agradecimiento que el anciano caballero no era poderoso a contener. Pero estos y otros socorros no bastaban algunas veces: había días en que nadie parecía por el lóbrego caserón, y entonces era cuando D. Fernando pasaba «aquellas de Caín» a que la voz pública se refería.

Ahora las está pasando más terribles y crueles que nunca. Hace veinticuatro horas que no ha entrado alimento alguno en el estómago del noble caballero; y según se puede colegir, no es fácil que entre todavía en algunas más, pues son las doce de la noche y se encuentran todos los vecinos reposando. A medida que el tiempo pasa crece su congoja: los paseos no son tan vivos; de vez en cuando se pasa la mano por la frente, donde corren ya algunas gotas de sudor frío, y deja escapar algunos suspiros que mueren tristemente sin llegar a todos los ámbitos del tenebroso salón. El último vástago de la alta y poderosa casa de Meira está a punto de desfallecer. De pronto, sin darse él mismo cuenta cabal de lo que hace, movido sin duda del puro instinto de conservación, abandona rápidamente la estancia, baja las ruinosas escaleras en pocos saltos y se lanza a la calle. Una vez en ella, se queda inmóvil sin saber a dónde dirigirse.

Era una noche templada y oscura de primavera: espesos nubarrones velaban por completo el fulgor de las estrellas. D. Fernando gira la vista en torno con dolorosa expresión de angustia, y después de vacilar unos instantes, empieza a caminar lentamente a lo largo de la calle en dirección de la salida del pueblo. Al pasar por delante de las casas vacila, medita si llamará en demanda de socorro; pero un vivo sentimiento de vergüenza se apodera de él en el momento de acercarse a las puertas y sigue su camino; sigue siempre, bien convencido, sin embargo, de que pronto caerá rendido a la miseria. Empieza a sentir vértigos y nota que la vista se le turba. Al llegar delante de la casa de la señá Isabel, que es una de las últimas del lugar, se detiene... ¿A dónde va? ¿A morir quizá como un perro en la carretera solitaria? Entonces vuelve a mirar en torno suyo y ve a su izquierda blanquear la tapia de la huerta del maestro: es una huerta amplia y feraz, llena de frutas y legumbres; la mejor que hay en el pueblo, o por mejor decir, la única buena. El pensamiento criminal de entrar en aquella huerta y apoderarse de algunas legumbres asalta al buen hidalgo; lo rechaza al instante; le acomete otra vez; torna a rechazarlo. Finalmente, después de una lucha tenaz, pero desigual, vence el pecado. D. Fernando se dijo para cohonestar el proyecto de robo:—«¿Pues qué, voy a dejarme morir de hambre? Unas cuantas patatas más o menos no suponen nada a la maestra; bastante tiene... mal adquirido a costa de los pobres pescadores.»

Y he aquí cómo el hambre hizo socialista en un instante al último vástago de la gran casa de Meira.

Siguió la tapia a lo largo, torció a la izquierda y buscó por detrás de la casa el sitio más accesible para entrar. La pared por aquel sitio no era tan alta y estaba descascada y ruinosa en algunos trozos. Don Fernando apoyando los pies en los agujeros logró colocarse encima; una vez allí se agarró a las ramas de un pomar y descendió por ellas lentamente y con mucha cautela hasta el suelo. Después de permanecer algunos momentos inmóvil para cerciorarse de que nadie le había sentido, se introdujo muy despacito en la huerta. Lo primero que hizo en cuanto se halló entre los cuadros de las legumbres, fue arrancar una cebolla y echarle los dientes. En cuanto la engulló, arrancó otras tres o cuatro y se las metió en los bolsillos; después se volvió otra vez a paso de lobo hacia la tapia. Mas antes de llegar a ella percibió con terror que se movían las ramas del pomar por donde había saltado, y a la escasísima claridad de la noche observó que el bulto de un hombre se agitaba entre ellas y se dejaba caer al suelo, como él había hecho. D. Fernando quedó petrificado; y mucho más creció su miedo y su vergüenza cuando el hombre dio unos cuantos pasos por la huerta y se vino hacia él: lo primero que se le ocu rrió fue echarse al suelo: el hombre pasó rozando con él: era José.

¿Vendrá también a robar?—pensó D. Fernando; pero José dejó salir de su boca un silbido prolongado, y el señor de Meira vino a entender que se trataba de una cita amorosa, cosa que le sorprendió bastante, pues creía, como todo el pueblo, que las relaciones de Elisa y el marinero estaban rotas hacía ya largo tiempo. No tardó en aparecer otro bulto por el lado de la casa, y ambos amantes se aproximaron y comenzaron a hablar en voz tan baja que D. Fernando no oyó más que un levísimo cuchicheo. La situación del caballero era un poco falsa; si a los jóvenes les diese por recorrer la huerta o estuviesen en ella hasta que el día apuntase y le viesen, ¡qué vergüenza! Para evitar este peligro se arrastró lenta y suavemente hasta el pomar y se ocultó entre unas malezas que cerca de él había, esperando que José se marchase para escalar de nuevo el árbol y retirarse a su casa. Mas al poco rato de estar allí comenzaron a caer algunos goterones de lluvia, y los amantes vinieron también a refugiarse debajo del pomar, que era uno de los pocos árboles copudos y frondosos de la huerta, y el más lejano de la casa. Don Fernando se creyó perdido y comenzó a sudar de miedo; ni un dedo se atrevió a mover. Elisa y José se sentaron en el suelo uno al lado de otro dando la espalda al caballero, sin sospechar su presencia.

—¿Y por qué crees que tu madre presume algo?—dijo José en voz baja.

—No sé decirte; pero de algunos días a esta parte me mira mucho y no me deja un instante sola. El otro día, mientras estaba barriendo la sala, me puse a cantar; al instante subió ella y me dijo: «¡Parece que estás contenta, Elisa! Hacía ya mucho tiempo que no te salía la voz del cuerpo.» Me lo dijo de un modo y con una sonrisa tan falsa, que me puse colorada y me callé.

—¡Bah, son cavilaciones tuyas!—replicó el marinero.

Guardó silencio, sin embargo, después de esta exclamación y al cabo de un rato lo rompió, diciendo:

—Bueno es vivir prevenidos. Ten cuidado, no te sorprenda.

—¡Desgraciada de mí entonces! Más me valiera no haber nacido—repuso la joven con acento de terror.

Ambos volvieron a quedar silenciosos. Elisa, cabizbaja y distraída, jugaba con las hierbas del suelo. José alargó la mano tímidamente, y, simulando también jugar con el césped, consiguió rozar suavemente los dedos de su novia. La lluvia, que comenzaba a arreciar, batía las hojas del pomar con redoble triste y monótono; la huerta exhalaba ya un olor penetrante de tierra mojada.

—¿Pensáis salir mañana a la mar?—preguntó Elisa al cabo de un rato, levantando sus hermosos ojos rasgados hacia el marinero.

—Me parece que no—repuso éste.—¿Para qué?—añadió con amargura.—Hace ocho días que no traemos valor de cinco duros.

—Ya lo sé, ya lo sé; este año no hay merluza en la mar.

—¡Este año no ha habido nada!—exclamó José con rabia.

Otra vez quedaron silenciosos. Elisa seguía jugando con las hierbecitas del suelo. El marinero le había aprisionado un dedo entre los suyos y lo estrechaba suavemente, sin osar apoderarse de la mano. Al cabo de un rato, Elisa, sin levantar la cabeza, comenzó a decir, en voz baja y temblorosa:

—Yo creo, José, que la causa de todo lo que nos está pasando, es la maldición que te ha echado la sacristana. ¿Por qué no vas a pedirla que te la levante?... Desde que esa mujer te maldijo no te ha salido nada bien.

—Y antes tampoco—apuntó José con sonrisa melancólica.

—Otros muchos lo han hecho antes que tú—siguió diciendo la joven, sin hacer caso de la observación de su amante.—Mira, Pedro el de la Matiella, ya sabes cómo estaba, flaco y amarillo que daba lástima verlo... todo el mundo pensaba que se moría. En cuanto pidió perdón a la sacristana, empezó a ponerse bueno y ya ves hoy cómo está.

—No creas esas brujerías, Elisa—dijo el marinero, con una inflexión de voz en que se adivinaba que él andaba muy cerca de creerlas también.

Elisa, sin contestar, se agarró fuertemente a su brazo con un movimiento de terror.

—¿No has oído?

—¿Qué?

—¿Ahí entre las zarzas?

—No he oído nada.

—Se me figuró escuchar la respiración de una persona.

Ambos quedaron un momento inmóviles con el oído atento.

—¡Qué miedosa eres, Elisa!—dijo riendo el marinero.—Es el ruido de la lluvia al pasar entre las hojas hasta el suelo.

—¡Me parecía!...—repuso la joven sin quitar los ojos de la maleza donde estaba oculto el Sr. de Meira, y aflojando poco a poco el brazo de su novio.

Mientras tanto, aquél sudaba copiosamente temiendo que José viniese a explorar las zarzas. Afortunadamente, no fue así: Elisa se tranquilizó pronto, y viendo a su amante triste y cabizbajo, cambió de conversación con ánimo de alegrarle.

—¿Cuándo comenzaréis a salir al bonito?... Tengo ya deseos de que empiece la costera... Me da el corazón que va a ser muy buena...

—Allá veremos—repuso José moviendo la cabeza en señal de duda.—Creo que saldremos dentro de quince o veinte días... ¿Qué vamos a hacer si no?...

—Comienza el buen tiempo... y vendrán en seguida las romerías... ¡Qué gusto!... La de la Luz es ya de mañana en un mes—dijo Elisa esforzándose por aparecer alegre.

—¡Qué importa que comiencen las romerías si yo no puedo acompañarte en ellas!—exclamó el marinero con acento dolorido.

—No te dejes acobardar, José, que todo se arreglará... Hay que tener confianza en Dios... Yo todos los días le pido al Santo Cristo que te dé buena suerte, y que le toque en el corazón a mi madre.

—Es difícil, Elisa... es muy difícil... Si no me ha querido cuando tenía algunos cuartos, ¿cómo me ha de querer hoy que soy un pobrete, y tengo sobre los hombros tanta familia?

Elisa comprendió la justicia de esta observación; pero repuso con la tenacidad sublime que el amor comunica a las mujeres:

—No importa... yo creo que se ablandará. Tengamos confianza en el Santo Cristo de Rodillero, que otros milagros mayores ha sabido obrar...

La lluvia arreciaba con ímpetu; de tal suerte, que ya el árbol no bastaba a proteger a los amantes: las hojas se doblaban al peso del agua, y la dejaban caer en abundancia sobre sus cabezas. Pero ellos ni lo advertían siquiera, embargados enteramente por el deleite de hallarse juntos; las manos enlazadas, los ojos en extática contemplación.

Elisa logró al cabo ahuyentar la melancolía de su novio; su plática tomó un sesgo risueño; hablaron de los incidentes ocurridos en pasadas romerías, y rieron de buena gana recordándolos.

—¿Te acuerdas cuando Nicolás nos convidó en la romería de San Pedro?... Tú me dijiste por lo bajo:—«Hay que beberle todo el vino que saque...»

—Porque en seguida vi que el gran tacaño lo que quería era echársela de rumboso a poca costa.

—¡Qué trabajo me costó echar todo el vaso al cuerpo! Tú te lo bebiste en un decir Jesús... y anda que Ramona tampoco se portó mal del todo.

—Pero, cuando vio que Bernardo se lo iba a tragar entero también, ¿qué de prisa le echó mano, verdad?

—¡Como que ya no podía resistir más el pobre!—dijo Elisa rompiendo a reír.—Lo mejor de todo fue lo que decía para disculpar la porquería... «¡Ésa es una broma!... ¡yo no quiero bromas!...» Cuando se me representa la cara que ponía el infeliz al vernos apurar el vaso, me río como una loca, aunque esté sola...

Ambos reían en efecto, procurando no hacer ruido.

—Por cierto—siguió Elisa, fingiendo seriedad,—que tú más tarde te pusiste un poco alegre, y le diste un beso a mi prima Ramona.

—No me acuerdo.

—Sí; no te acuerdas de lo que no quieres.

—De todos modos, estando borracho, no sabe uno lo que hace.

—No se te ocurriría, sin embargo, echarte al agua.

—¡Claro!

—Pero se te ocurre besar a las muchachas.

—No estando borracho, jamás—afirmó resueltamente José.

—¡Madre mía, si en la hora de la muerte me pusieran a la cabecera tantos angelitos como besos habrás dado!

—Te irías sola para el cielo—repuso el marinero riendo.

La plática se trocaba en alegre disputa: los amantes se embriagaban con aquella charla sencilla hallando tan chistoso lo que mutuamente se decían, que no cesaban de soltar carcajadas, cuyo ruido apagaban llevando la mano a la boca. La noche, oscura y lluviosa, era para ellos plácida y grata como pocas.

Pero Elisa creyó percibir otra vez la respiración que antes la asustara. Se quedó algunos instantes distraída; y no queriendo decir nada a José porque no la llamase otra vez medrosa, optó por separarse.

—Ya debe de ser muy tarde, José—dijo levantándose.—Mañana tengo que madrugar... además, nos estamos poniendo como una sopa.

El marinero se levantó también, aunque no de buen grado.

—¡Qué bien se pasa el tiempo a tu lado, Elisa!—dijo tímidamente.

La joven sonrió con dulzura oyendo aquella declaración que el marinero no había osado pronunciar hasta entonces, y un poco ruborizada le tendió la mano.

—Hasta mañana, José.

José tomó aquella mano, la estrechó tierna y largamente, y contestó con melancolía:

—Hasta mañana.

Pero no acababa de soltarla: fue necesario que Elisa dijese otra vez:

—Hasta mañana, José.

Tiró de ella con fuerza, y se alejó rápidamente en dirección a la casa. El marinero no se movió, hasta que calculó que estaba ya dentro: luego escaló cautelosamente la cerca, montó sobre ella, y desapareció por el otro lado.

Algunos instantes después, salía de su escondite el Sr. de Meira mojado hasta los huesos.

—¡Pobres muchachos!—exclamó sin acordarse de su propia miseria y trepando con trabajo por el pomar. Y una vez en la calle, enderezó los pasos hacia su mansión feudal acariciando en la mente un noble, cuanto singular proyecto.



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