Capitulo 13




-XIII-

Aunque dicen que de la discusión sale la luz, fuerza es confesar aquí que no salió luz ninguna de la discusión constante que Rafaela y el gaucho tenían, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos de la casa, diputados, senadores, hombres políticos y poetas, que siempre en el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todos Magalhaens, Gonzálvez Díaz y Araujo Portoalegre, los cuales eran comensales de la casa, complaciéndose Rafaela en tratarlos y agasajarlos.

Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones cierto tinte de sabiduría y refinamiento aristocráticos.

Había educado tan bien a D. Joaquín, espoleándole para aquellos trotes, que él había ido, en su carrera desenfrenada, más allá de la meta que ella le puso. De aquí algunos percances y desengaños, que aguaron algo el contento con que D. Joaquín vivía, pero que a Rafaela no le importaron un comino.

D. Joaquín había prestado al gobierno Imperial muy notables servicios, en premio de los cuales, le habían dado la encomienda de la Rosa y hasta se habló de que acaso le darían un título, si bien el título no llegó nunca.

Para no hacer ruido y para no dar qué decir, D. Joaquín pretendió con mucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada a la emperatriz; pero la augusta señora no quiso recibirla, ya pensando en la vida que se decía que Rafaela había hecho en España y en Lisboa, ya recordando que en el gran teatro de Río la habían silbado cuando ella bailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradas entonces.

Ella rabió algo, riñó a D. Joaquín por haber andado en tales pretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvidó el desaire y se quedó tan fresca. ¿Qué necesidad tenía ella de emperatrices, cuando era en su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discreción, de la elegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o una madame Recamier de entretrópicos?

D. Joaquín fue el que se sintió quemado del desaire, originándose de la quema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie había notado en él y que aparecieron de repente.

Hasta entonces D. Joaquín había sido despreocupadísimo, pero, con el boato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espíritu los instintos de nobleza, combinados con la afición a la poesía. En suma, D. Joaquín hizo saber a todos sus amigos que descendía nada menos que del heroico trovador Güesto Ansures, el cual machucó a un enjambre de moros con un ramo de higuera, por donde tomó el apellido de Figueredo, que D. Joaquín todavía llevaba.

Aunque Rafaela lo repugnó, D. Joaquín no quiso ceder nunca: no la obedeció contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros y cortinas de su antecámara, y pintar en sus coches, el escudo de armas de los Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cinco doncellas que Güesto Ansures había libertado, cuando las llevaban a la morería para pagar el feudo de ciento a que se obligó al rey Mauregato.

A regañadientes aguantó Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudo resistir a la tentación de reírse un poco de él. Y para ello aseguraba que, según el antiquísimo romance, que escribió Güesto Ansures, las doncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada más las hojas de higuera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellos malditos moros pudieron escaparse, huyendo a uña de caballo del machucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaquín, y se llevaron a Andalucía a una de las seis niñas gallegas, la cual vino a ser pronto la sultana favorita del Miramamolín. De esta sultana afirmaba Rafaela que descendía ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y no menos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si él tenía por apellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recóndito de su origen, había llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, que su estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale a Ben Humeya, apellido de los califas de Córdoba, estropeado y mal pronunciado por los ignorantes.

Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D. Joaquín, pero éste refutaba victoriosamente el argumento. Decía Rafaela que no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas de Castilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de las cien doncellas. Y D. Joaquín contestaba que los Vargas Machucas, en efecto, descendían también de Güesto Ansures, si bien la rama principal y legítima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucas eran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, según D. Joaquín había oído explicar a una persona muy docta en la ciencia del blasón, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimológica, Vargas o Bargas, que es como debiera escribirse, es una contracción de los vocablos Barragana y Barragania. Por fortuna, ningún caballero que tuviese el apellido de Vargas asistió jamás a la tertulia de Rafaela, y D. Joaquín pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sin promover el menor altercado. 



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